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El PSOE acusa a García Cardeso de ignorar la situación penosa en la que vivía la mujer

Ahora ya no se puede hacer nada por Gregoria. Porque los muertos es lo que tienen, que no piden nada porque tampoco lo necesitan. A Gregoria Rubio Rubio la enterraron ayer en el cementerio de San Mamede do Monte, en el municipio de A Baña, donde reposan también los restos de su marido, Manuel Lens. Y las exequias fueron el colofón triste a sus últimos años de existencia precaria y lamentable.
Mal sabía Enrique Vázquez, portavoz socialista de A Baña, que su frase «O hacemos algo o esta señora no pasa el invierno» iba convertirse en profecía. A su ultimátum le faltó únicamente precisión, porque Gregoria ni siquiera consiguió acabar el otoño.
La aldea de Duomes de Arriba se convirtió ayer por la mañana en un improvisado set de televisión, con periodistas buscando el mejor ángulo y el mejor testimonio para ilustrar la noticia de esta muerte anunciada.
La casa número 17, donde Gregoria apareció muerta, en la cama, con las manos sobre el pecho, está cerrada a cal y canto. Lo único que se cuela en su interior es el aire y la lluvia, el frío que le calaba los huesos mientras, según denuncia el PSOE bañés, el Ayuntamiento que dirige José Andrés García Cardeso miraba para otra parte.
En el exterior hay poco que rascar: un gato cojo; el nombre de M. Lens grabado sobre la puerta, junto al número 17; una especie de demonio de madera construido con trozos de una raíz; y unos perros de caza que ladran a los intrusos. Hay vecinos que callan, la mayoría. Otros hablan de la vida penosa de Gregoria, del peligro inminente de que la casa se desplomase cualquier día sobre su cabeza. «Os veciños dábanlle axuda, pero ela andaba moi descoidada, os cartos non lle chegaban, na tenda apuntábanlle a comida», cuenta un muchacho de la aldea.
En una mañana de perros y un gato cojo, sobre el tejado precario de Gregoria y de Manolo asoma un reloj de sol que se antoja el aparato más inútil que uno pudiera tener en un día como el de ayer. Antonio Ferreiro, que vive más arriba, habla para la televisión y cuenta que la casa de Gregoria «estaba muy estropeada, pero Manolo y Gregoria tampoco miraron nada por ella». También recuerda que la última vez que el hijo varón de la pareja estuvo en Duomes de Arriba fue cuando murió Lens, cumpliendo la promesa que hizo: «Yo solo he de ir ahí cuando muera mi padre».

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